Participa y Celebra

Foto de grupo de las mujeres representantes de las instituciones, asociaciones y entidades de Cantabria que han abierto estas jornadas Foto: Raúl Lucio. Los contenidos de este portal se publican bajo la licencia Creative Commons Atribución 3. Oficina de Comunicación. Menú de navegación.

Portada Semana gráfica Buscador Histórico Agenda Gobierno de Cantabria Mapa Web. El Gobierno se suma a los actos de celebración del Día Internacional de la Mujer y participa en las 'Jornadas Tiempo Mujer ' en Torrelavega Noticia: El Gobierno se suma a los actos de celebración del Día Internacional de la Mujer y participa en las 'Jornadas Tiempo Mujer ' en Torrelavega.

Imagen representativa. Las consejeras de Presidencia, Economía y Educación intervienen en la inauguración de este ciclo de mesas redondas y coloquios en el que intervendrán cuarenta mujeres de diferentes sectores socioeconómicos.

Santander- El pueblo se pone de pie y responde: El Señor reciba. Después el sacerdote, extendiendo las manos, dice la oración sobre las ofrendas.

Al final el pueblo aclama: Amén. Entonces empieza el sacerdote la Plegaria eucarística. Según las rúbricas cfr. La Plegaria eucarística, por su naturaleza, exige que la pronuncie sólo el sacerdote en virtud de la ordenación. El pueblo, en cambio, se unirá al sacerdote en la fe y con el silencio y, también, por medio de las intervenciones establecidas a lo largo de la Plegaria eucarística, que son: las respuestas en el diálogo del Prefacio, el Santo, la aclamación después de la consagración y la aclamación Amén después de la doxología final, como también con otras aclamaciones aprobadas por la Conferencia Episcopal y reconocidas por la Santa Sede.

Es muy conveniente que el sacerdote cante las partes de la Plegaria eucarística musicalizadas. Al comienzo de la Plegaria eucarística, el sacerdote extiende las manos y canta o dice: El Señor esté con ustedes, mientras el pueblo responde: Y con tu espíritu. Cuando prosigue: Levantemos el corazón, levanta las manos.

El pueblo responde: Lo tenemos levantado hacia el Señor. Después el sacerdote, extendiendo las manos, añade: Demos gracias al Señor, nuestro Dios, y el pueblo responde: Es justo y necesario. Después el sacerdote, extendiendo las manos, sigue con el Prefacio; una vez terminado éste, junta las manos, y con todos los presentes canta o dice con voz clara el Santo cfr.

El sacerdote prosigue la Plegaria eucarística según las rúbricas indicadas en cada una de ellas. Si el celebrante es un Obispo, en las Preces, después de las palabras: con tu servidor el Papa N.

Si un Obispo celebra fuera de su diócesis, después de las palabras: con tu servidor el Papa N. El Obispo diocesano, o quien se le equipara según el derecho, debe ser nombrado con esta fórmula: con tu servidor el Papa N.

En la Plegaria eucarística se puede mencionar a los Obispos Coadjutores y Auxiliares, pero no otros Obispos eventualmente presentes.

Si son muchos los que se han de mencionar, se utiliza la forma general: con nuestro Obispo N. y sus Obispos auxiliares. En cada Plegaria eucarística hay que adaptar las fórmulas precedentes a las reglas gramaticales.

Un poco antes de la consagración, el ministro, si se cree conveniente, advierte a los fieles mediante un toque de campanilla. Puede también, de acuerdo con la costumbre de cada lugar, tocar la campanilla cuando el sacerdote muestra la hostia y el cáliz a los fieles.

Si se emplea el incienso, el ministro inciensa la hostia y el cáliz cuando se muestran después de la consagración. Después de la consagración el sacerdote dice: Éste es el Misterio de la fe y el pueblo responde con una de las aclamaciones prescritas.

Al final de la Plegaria eucarística, el sacerdote, tomando la patena con la hostia y el cáliz y elevando ambos, pronuncia él solo la doxología: Por Cristo. El pueblo aclama al final: Amén. Después el sacerdote coloca la patena y el cáliz sobre el corporal.

Terminada la Plegaria eucarística, el sacerdote, con las manos juntas, hace la monición preliminar a la Oración dominical, y luego la recita con las manos extendidas, juntamente con el pueblo.

Concluida la Oración dominical, el sacerdote, con las manos extendidas, dice él solo el embolismo Líbranos de todos los males; al terminarlo, el pueblo aclama: Tuyo es el Reino. A continuación el sacerdote, con las manos extendidas, dice con voz clara la oración Señor Jesucristo, que dijiste; al terminarla, extendiendo y juntando las manos anuncia la paz, vuelto al pueblo, con estas palabras: La paz del Señor esté siempre con ustedes.

El pueblo responde: Y con tu espíritu. Luego, si se juzga oportuno, el sacerdote añade: Dense fraternalmente la paz.

El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre en el presbiterio, para no perturbar la celebración. En las diócesis de los Estados Unidos de América, por una buena razón, en ocasiones especiales por ejemplo, en caso de un funeral, una boda, o cuando líderes cívicos están presentes el sacerdote puede extender el signo de la paz a un pequeño número de fieles cerca del presbiterio.

Y todos, según las normas establecidas por la Conferencia Episcopal, se manifiestan mutuamente la paz, la comunión y la caridad. Mientras se da la paz, se puede decir: La paz del Señor sea siempre contigo.

A lo que se responde: Amén. A continuación el sacerdote toma la hostia, la parte sobre la patena, y deja caer una partícula en el cáliz, diciendo en secreto: El Cuerpo y la Sangre.

Mientras tanto el coro y el pueblo cantan o recitan el Cordero de Dios cfr. Entonces el sacerdote dice en secreto y con las manos juntas la oración para la Comunión Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, o Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo.

Terminada la oración, el sacerdote hace genuflexión, toma la hostia consagrada en la misma Misa, y, teniéndola un poco elevada sobre la patena o sobre el cáliz, vuelto al pueblo, dice: Éste es el Cordero de Dios, y, a una con el pueblo, añade una sola vez: Señor, no soy digno.

Luego, vuelto hacia el altar, el sacerdote dice en secreto: El Cuerpo de Cristo me guarde para la vida eterna, y con reverencia comulga el Cuerpo de Cristo.

Después toma el cáliz, diciendo en secreto: La Sangre de Cristo me guarde para la vida eterna, y con reverencia bebe la Sangre de Cristo.

Mientras el sacerdote comulga el Sacramento, se empieza el canto de la Comunión cfr. El sacerdote toma después la patena o el copón y se acerca a los que van a comulgar, los cuales ordinariamente se acercan procesionalmente.

No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado o el cáliz sagrado, y menos aún pasarlo entre ellos de mano en mano.

La norma establecida para las diócesis de los Estados Unidos de América es que los fieles reciban la Sagrada Comunión de pie, a no ser que alguno de los fieles desee recibir la Comunión de rodillas Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, 25 de marzo de , n.

Al recibir la Sagrada Comunión, el comulgante inclina la cabeza ante el Sacramento como gesto de reverencia y recibe el Cuerpo de Cristo de manos del ministro. La hostia consagrada se puede recibir ya sea en la lengua o en la mano a discreción de cada comulgante.

Cuando la Sagrada Comunión se recibe bajo ambas especies, el gesto de reverencia se hace también delante de la Preciosa Sangre antes de recibirla. Si la Comunión se efectúa sólo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo la hostia un poco elevada, se la muestra a cada uno diciéndole: El Cuerpo de Cristo.

El que va a comulgar responde: Amén y recibe el Sacramento en la boca, o en los lugares donde está concedido, en la mano, según su elección. El que comulga, inmediatamente después de recibir la hostia la consume íntegramente.

Si la Comunión se efectúa bajo las dos especies obsérvese el rito descrito en su lugar cfr. En la distribución de la Comunión pueden ayudar al sacerdote otros presbíteros eventualmente presentes.

Si éstos no están disponibles y el número de los que van a comulgar es muy grande, el sacerdote puede pedir la ayuda de los ministros extraordinarios, a saber, el acólito legítimamente instituido o incluso otros fieles, que han sido designados legítimamente para esto [97].

En caso de necesidad, el sacerdote puede designar ad actum a fieles idóneos [98]. Estos ministros no se acerquen al altar antes de que el sacerdote haya comulgado, y siempre han de recibir de las manos del sacerdote celebrante el recipiente que contiene la Santísima Eucaristía para distribuirla a los fieles.

Terminada la distribución de la Comunión, el sacerdote consume en seguida en el altar todo el vino consagrado que eventualmente sobró; en cambio, las hostias consagradas sobrantes las consume en el altar o las traslada al lugar destinado a la reserva eucarística. El sacerdote, una vez que ha regresado al altar, recoge las partículas, si las hay; luego, en el altar o en la credencia, purifica la patena o el copón sobre el cáliz; después purifica el cáliz, diciendo en secreto: Haz, Señor, que recibamos, y lo seca con el purificador.

Si los recipientes son purificados en el altar, los lleva un ministro a la credencia. Sin embargo, está permitido dejar en el altar o en la credencia sobre un corporal los recipientes que se han de purificar, sobre todo si son muchos, cubriéndolos convenientemente para purificarlos inmediatamente después de la Misa, cuando se haya despedido al pueblo.

Después, el sacerdote puede regresar a su sede. Se puede observar un momento de silencio sagrado o también entonar un salmo u otro cántico de alabanza o un himno cfr.

Luego, de pie junto a la sede o ante el altar, el sacerdote, vuelto al pueblo, con las manos juntas, dice: Oremos, y, con las manos extendidas, recita la oración después de la Comunión, a la que puede preceder también un breve silencio, a no ser que ya se haya hecho eso después de la Comunión.

Al final de la oración, el pueblo aclama: Amén. Terminada la oración después de la Comunión, si es necesario, se dan, con brevedad, los avisos al pueblo.

Después, el sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo: El Señor esté con ustedes, a lo que el pueblo responde: Y con tu espíritu.

Y el sacerdote, juntando de nuevo las manos y poniendo en seguida la mano izquierda sobre el pecho y elevando la mano derecha, añade: La bendición de Dios todopoderoso, y, haciendo la señal de la cruz sobre el pueblo, prosigue: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes; todos responden: Amén.

En ciertos días y en circunstancias particulares, esta bendición, según las rúbricas, se enriquece utilizando una oración sobre el pueblo u otra fórmula más solemne. El Obispo bendice al pueblo con la fórmula propia, haciendo tres veces la señal de la cruz sobre el pueblo [99]. En seguida, el sacerdote, con las manos juntas, añade: Pueden ir en paz.

Y todos responden: Demos gracias a Dios. Entonces el sacerdote, como de costumbre, venera el altar con un beso y haciendo, junto con los ministros laicos, una inclinación profunda hacia el altar, se retira con ellos.

Si a la Misa sigue alguna otra acción litúrgica, se omite el rito de conclusión, es decir, el saludo, la bendición y la despedida. Cuando está presente en la celebración eucarística el diácono, revestido con las vestiduras litúrgicas, desempeña su propio oficio.

Así pues, él:. a asiste al sacerdote y está siempre a su lado; b en el altar lo ayuda en lo relativo al cáliz y el misal; c proclama el Evangelio y puede, por mandato del sacerdote celebrante, decir la homilía cfr. Llevando el Evangeliario un poco elevado, el diácono precede al sacerdote cuando se dirige hacia el altar.

De otro modo, irá a su lado. Llegado al altar, si lleva el Evangeliario, omitiendo la reverencia, sube al altar. Luego, colocado cuidadosamente el Evangeliario sobre el altar, junto con el sacerdote venera el altar con un beso. Si no lleva el Evangeliario, hace una inclinación profunda hacia el altar, de la manera acostumbrada, junto con el sacerdote y con él venera el altar con un beso.

Finalmente, si se emplea el incienso, asiste al sacerdote cuando éste coloca el incienso en el incensario, y en la incensación de la cruz y el altar. Terminada la incensación del altar, se dirige junto con el sacerdote hacia la sede, y allí permanece a su lado y lo ayuda cuando sea necesario. Mientras se dice el Aleluya u otro canto, si se ha de usar el incienso, ayuda al sacerdote a ponerlo en el incensario, luego, inclinado profundamente ante él, le pide su bendición, diciendo en voz baja: Padre, dame tu bendición.

El sacerdote le da la bendición diciendo: El Señor esté en tu corazón. El diácono se signa con la señal de la cruz y responde: Amén. Luego, hecha una inclinación hacia el altar, toma el Evangeliario, que está colocado sobre el altar, y se dirige al ambón, llevando el libro un poco elevado, precedido por el turiferario con el incensario humeante y por los ministros con los cirios encendidos.

Allí saluda al pueblo, diciendo, con las manos juntas: El Señor esté con ustedes, luego, al pronunciar las palabras: Del santo Evangelio, con el pulgar signa el libro y a sí mismo, en la frente, en la boca y en el pecho; inciensa el libro y proclama el Evangelio.

Terminado esto, aclama: Palabra del Señor; todos responden: Gloria a ti, Señor Jesús. Luego venera el libro con un beso, diciendo al mismo tiempo en secreto: Las palabras del Evangelio, y vuelve al lado del sacerdote.

Cuando el diácono asiste al Obispo, lleva el libro para que él lo bese o lo besa él mismo, diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio. En las celebraciones más solemnes, el Obispo, si es oportuno, imparte al pueblo la bendición con el Evangeliario.

Por último, el Evangeliario puede ser llevado a la credencia o a otro lugar conveniente y digno. Si falta un lector idóneo, el diácono proclama también las demás lecturas. Las intenciones de la oración de los fieles, después de la introducción que corresponde al sacerdote, las recita el diácono, ordinariamente desde el ambón.

Terminada la oración universal, el sacerdote permanece en su sede, y el diácono prepara el altar con la ayuda del acólito; le corresponde en particular tener cuidado de los vasos sagrados. Asiste también al sacerdote cuando recibe los dones del pueblo. Luego pasa al sacerdote la patena con el pan que se va a consagrar; vierte el vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo en secreto: Por el misterio de esta agua, y después le presenta el cáliz al sacerdote.

La preparación del cáliz puede también hacerse en la credencia. Si se emplea el incienso, el diácono ayuda al sacerdote en la incensación de las ofrendas y de la cruz y del altar, y luego él o el acólito inciensa al sacerdote y al pueblo.

Durante la Plegaria eucarística el diácono está de pie junto al sacerdote, un poco detrás de él para ayudar, cuando haga falta, en lo relativo al cáliz o al misal.

Desde la epíclesis hasta el momento de la elevación del cáliz, el diácono ordinariamente permanece arrodillado. Si están presentes varios diáconos, uno de ellos, al llegar el momento de la consagración, puede poner el incienso en el incensario e incensar en el momento de la elevación de la hostia y del cáliz.

Para la doxología final de la Plegaria eucarística, de pie al lado del sacerdote, mantiene el cáliz elevado, mientras el sacerdote eleva la patena con la hostia hasta el momento en que el pueblo haya aclamado: Amén. Una vez que el sacerdote ha dicho la oración de la paz y las palabras: La paz del Señor esté siempre con ustedes, y el pueblo haya respondido: Y con tu espíritu, el diácono, si es oportuno, invita a darse la paz diciendo, con las manos juntas y vuelto hacia el pueblo: Dense fraternalmente la paz.

Él la recibe del sacerdote y puede ofrecerla a los ministros más cercanos. Terminada la Comunión del sacerdote, el diácono recibe la Comunión bajo las dos especies, de manos del sacerdote, y luego ayuda al sacerdote a distribuir la Comunión al pueblo.

Si la Comunión se da bajo las dos especies, él ofrece el cáliz a los que van comulgando y, terminada la distribución, inmediatamente consume con reverencia en el altar toda la Sangre de Cristo que queda, ayudado, si es necesario, de otros diáconos y presbíteros.

Terminada la Comunión, el diácono vuelve al altar con el sacerdote. Recoge los fragmentos, si los hay, y luego lleva el cáliz y los demás vasos sagrados a la credencia, y allí los purifica y arregla como de costumbre, mientras el sacerdote vuelve a su sede.

Sin embargo, puede también dejar los vasos oportunamente cubiertos en la credencia sobre el corporal y purificarlos inmediatamente después de la Misa, una vez despedido el pueblo. Dicha la oración después de la Comunión, el diácono da breves avisos al pueblo, si hay que darlos, a no ser que prefiera hacerlo personalmente el sacerdote.

Si se usa la oración sobre el pueblo o la fórmula de bendición solemne, el diácono dice: Inclinen la cabeza para recibir la bendición.

Una vez dada la bendición por el sacerdote, el diácono se encarga de despedir al pueblo, diciendo, con las manos juntas y vuelto hacia el pueblo: Pueden ir en paz.

Luego, juntamente con el sacerdote, venera el altar besándolo y, haciendo una inclinación profunda, se retira en el mismo orden en que había llegado. Las funciones que el acólito puede realizar son de diverso género y muchas de ellas pueden ser simultáneas. Así pues, conviene repartirlas oportunamente entre varios; si está presente un solo acólito, éste realizará las funciones más importantes, y las demás se distribuirán entre varios ministros.

En la procesión al altar, el acólito puede llevar la cruz entre dos ministros que sostienen los cirios encendidos. Al llegar al altar, coloca la cruz junto al altar para que se convierta en la cruz del altar o, en caso contrario, la deposita en un lugar digno.

Luego va a ocupar su sitio en el presbiterio. Durante toda la celebración, el acólito se acercará al sacerdote o al diácono, cuantas veces se requiera, para entregarle el libro y para ayudarlo en todo lo que sea necesario. Conviene, por lo tanto, que, en cuanto sea posible, el acólito ocupe un sitio adecuado, junto a la sede o cerca del altar.

En ausencia del diácono, terminada la oración universal, mientras el sacerdote permanece en la sede, el acólito pone sobre el altar el corporal, el purificador, el cáliz, la palia y el misal.

Después, si es necesario, ayuda al sacerdote a recibir los dones del pueblo y, oportunamente, lleva al altar el pan y el vino y los entrega al sacerdote. Si se utiliza el incienso, le entrega el incensario al sacerdote y lo acompaña en la incensación de las ofrendas, de la cruz y del altar.

Luego inciensa al sacerdote y al pueblo. El acólito debidamente instituido, en calidad de ministro extraordinario, ayuda al sacerdote, si es necesario, a distribuir la Comunión al pueblo [].

Cuando la Comunión se distribuye bajo las dos especies, en ausencia del diácono, él ofrece el cáliz a los que van a comulgar, o lo sostiene cuando la Comunión se da por intinción. Terminada la Comunión, el acólito debidamente instituido ayuda al sacerdote o al diácono en la purificación y arreglo de los vasos sagrados.

En ausencia del diácono, el acólito debidamente instituido lleva los vasos sagrados a la credencia y ahí los purifica de la manera acostumbrada, los seca y arregla. Terminada la celebración de la Misa, el acólito y otros ministros, juntamente con el diácono y el sacerdote regresan procesionalmente a la sacristía de la misma manera y orden con el que vinieron.

En la procesión al altar, en ausencia del diácono, el lector, con la debida vestidura, puede llevar el Evangeliario un poco elevado: en este caso camina delante del sacerdote; en los demás casos, va con los otros ministros.

Cuando llega al altar, junto con los demás, hace una inclinación profunda. Si lleva el Evangeliario, se acerca al altar y coloca encima de él el Evangeliario.

Luego pasa a ocupar su sitio en el presbiterio con los otros ministros. Proclama desde el ambón las lecturas que preceden al Evangelio. Cuando no hay salmista, puede proclamar el salmo responsorial que sigue a la primera lectura. En ausencia del diácono, después de que el sacerdote ha hecho la invitación a orar, el lector puede enunciar desde el ambón las intenciones de la oración universal.

Si no hay canto de entrada ni de Comunión, y los fieles no recitan las antífonas propuestas en el Misal, el lector pronuncia dichas antífonas a su debido tiempo cfr. La concelebración, que es una apropiada manifestación de la unidad del sacerdocio, del sacrificio y de todo el pueblo de Dios, está prescrita por el mismo rito en la ordenación del Obispo y de los presbíteros, en la bendición del abad y en la Misa crismal.

Se recomienda, a no ser que la utilidad de los fieles requiera o aconseje otra cosa:. a en la Misa vespertina de la Cena del Señor; b en la Misa que se celebra en Concilios, reuniones de los Obispos y Sínodos; c en la Misa conventual y en la Misa principal en iglesias y oratorios; d en las Misas que se celebran en cualquier género de reuniones de sacerdotes, seculares o religiosos [].

A cada sacerdote le está permitido celebrar la Eucaristía de manera individual, pero no cuando en la misma iglesia u oratorio se lleva a cabo una concelebración.

Pero, el Jueves Santo en la Misa vespertina de la Cena del Señor y en la Misa de la Vigilia Pascual no se permiten celebraciones sagradas individuales. Los presbíteros peregrinos deben ser admitidos con gusto a la concelebración eucarística, con tal que se conozca su condición sacerdotal.

Donde hay un gran número de sacerdotes, la concelebración puede tenerse incluso varias veces en el mismo día, cuando lo aconseja la necesidad o la utilidad pastoral, pero debe llevarse a cabo en tiempos sucesivos o en lugares sagrados diversos [].

Corresponde al Obispo, según las normas del derecho, ordenar la disciplina de las concelebraciones en todas las iglesias y oratorios de su diócesis. Hónrese de manera particular la concelebración en la que los presbíteros de una diócesis concelebran con el propio Obispo, sobre todo en la Misa estacional en las grandes solemnidades del año litúrgico, en la Misa de la ordenación de un nuevo Obispo de la diócesis o su Coadjutor o Auxiliar, en la Misa crismal, en la Misa vespertina de la Cena del Señor, en las celebraciones del santo Fundador de la Iglesia local o del Patrono de la diócesis, en los aniversarios del Obispo, y con ocasión del Sínodo o de la visita pastoral.

Por la misma razón, se recomienda la concelebración cuantas veces los presbíteros se encuentren con el propio Obispo, sea con ocasión de los ejercicios espirituales o de alguna reunión.

En estos casos, el signo de la unidad del sacerdocio y de la Iglesia, que es característico de toda concelebración, se manifiesta de una manera más evidente [].

Por causas determinadas, para dar, por ejemplo, un mayor sentido al rito o a una fiesta, se puede conceder la facultad de celebrar o concelebrar varias veces en el mismo día, en los siguientes casos:. a quien el Jueves Santo ha celebrado o concelebrado en la Misa crismal, puede también celebrar o concelebrar en la Misa vespertina de la Cena del Señor; b quien celebró o concelebró la Misa de la Vigilia Pascual, puede celebrar o concelebrar la Misa el día de Pascua; c el día de Navidad todos los sacerdotes pueden celebrar o concelebrar tres Misas, con tal de que éstas sean celebradas a su debido tiempo; d el día de la Conmemoración de todos los fieles difuntos, todos los sacerdotes pueden celebrar o concelebrar tres Misas, con tal de que las celebraciones se realicen en momentos distintos y se observen las normas establecidas sobre la aplicación de la segunda y la tercera Misa [] ; e quien concelebra con el Obispo o su delegado durante el Sínodo o durante la visita pastoral, o concelebra con ocasión de alguna reunión de sacerdotes, puede celebrar además otra Misa para utilidad de los fieles.

Lo mismo vale, observando lo que hay que observar, para las reuniones de los religiosos. La Misa concelebrada se ordena, en cualquiera de sus formas, según las normas comúnmente establecidas cfr.

Nunca acceda nadie o se le admita a concelebrar, una vez que ya ha empezado la Misa. a sillas y libros para los sacerdotes concelebrantes; b en la credencia: un cáliz de capacidad suficiente o varios cálices. Si no se dispone de un diácono, los oficios propios de éste los realizan algunos de los concelebrantes.

Si tampoco se dispone de otros ministros, las partes propias a éstos pueden confiarse a otros fieles idóneos; de otro modo son realizadas por algunos de los concelebrantes.

Los concelebrantes, en la sacristía o en algún otro sitio conveniente, se revisten las mismas vestiduras sagradas que suelen llevar cuando celebran la Misa individualmente.

Pero si hay un justo motivo, por ejemplo un gran número de concelebrantes o falta de vestiduras litúrgicas, los concelebrantes, a excepción siempre del celebrante principal, pueden suprimir la casulla, llevando solamente la estola colocada sobre el alba.

Cuando todo está ya ordenado, se empieza la procesión hacia el altar a través de la iglesia. Los sacerdotes concelebrantes preceden al celebrante principal. Cuando han llegado al altar, los concelebrantes y el celebrante principal, hecha la inclinación profunda, veneran el altar besándolo, y se dirigen al lugar que se les ha designado.

El celebrante principal, si es oportuno, inciensa la cruz y el altar y luego se dirige a la sede. Durante la liturgia de la Palabra los concelebrantes ocupan su lugar y están sentados o se ponen de pie en la misma forma que el celebrante principal.

Al iniciar el Aleluya, todos se ponen de pie, excepto el Obispo, el cual pone incienso sin decir nada y bendice al diácono o, en su ausencia, al concelebrante que va a proclamar el Evangelio.

En la concelebración presidida por un presbítero, el concelebrante que, en ausencia del diácono, proclama el Evangelio, no pide ni recibe la bendición del celebrante principal. La homilía la tendrá normalmente el celebrante principal o uno de los concelebrantes. La preparación de los dones cfr.

Después de que el celebrante principal ha pronunciado la oración sobre las ofrendas, los concelebrantes se acercan al altar y se disponen de pie alrededor de él, pero de tal modo que no dificulten la ejecución de los ritos que se realizan y permitan a los fieles ver claramente el desarrollo de la acción sagrada, ni cierren el paso al diácono cuando, por razón de su ministerio, debe acercarse al altar.

El diácono debe ejercer su ministerio junto al altar ayudando, cuando es necesario, en lo referente al cáliz y al misal. Sin embargo, en lo posible, debe colocarse ligeramente detrás de los sacerdotes concelebrantes, los cuales se colocan cerca del celebrante principal. El prefacio lo canta o dice solamente el celebrante principal.

En cambio, el Santo lo cantan o recitan todos los concelebrantes junto con el pueblo y los cantores. Terminado el Santo, los sacerdotes concelebrantes prosiguen la Plegaria eucarística en el modo que en seguida se describe.

Los gestos los hace únicamente el celebrante principal, si no se indica lo contrario. Los textos que son pronunciados simultáneamente por todos los concelebrantes, y sobre todo las palabras de la consagración, que todos deben pronunciar, se deben recitar en voz baja para que se pueda oír claramente la voz del celebrante principal.

De este modo el pueblo percibe mejor las palabras. Los textos que deben ser recitados por todos los concelebrantes simultáneamente, y que en el. En la Plegaria eucarística I, o Canon Romano, sólo el celebrante principal, con las manos extendidas, dice el Padre misericordioso. Acuérdate, Señor y Reunidos en comunión conviene que se confíen a uno u otro de los sacerdotes concelebrantes, que dice él solo estas oraciones, con las manos extendidas y en voz alta.

Acepta, Señor, en tu bondad, lo dice solamente el celebrante principal, con las manos extendidas. Desde Bendice y santifica esta ofrenda, hasta Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, el celebrante principal realiza los gestos, pero todos los concelebrantes recitan juntos, del modo siguiente:.

a Bendice y santifica esta ofrenda, con las manos extendidas hacia las ofrendas; b El cual, la víspera de su Pasión y Del mismo modo, con las manos juntas; c las palabras del Señor, si el gesto parece conveniente, con la mano derecha extendida hacia el pan y hacia el cáliz; miran la hostia y el cáliz cuando el celebrante principal los muestra a los fieles y luego se inclinan profundamente; d Por eso, Padre, nosotros, tus siervos, y Mira con ojos de bondad, con las manos extendidas; e Te pedimos humildemente, inclinados y con las manos juntas, hasta llegar a las palabras: al participar aquí de este altar.

Inmediatamente se enderezan, haciendo sobre sí la señal de la cruz, mientras pronuncian las restantes palabras: seamos colmados de gracia y bendición.

La intercesión por los difuntos y la oración Y a nosotros, pecadores, conviene que sean confiadas a uno u otro de los concelebrantes, quien las dice él solo, con las manos extendidas y en voz alta. A las palabras: Y a nosotros, pecadores, todos los concelebrantes se golpean el pecho.

En la Plegaria eucarística II, Santo eres en verdad lo dice solamente el celebrante principal, con las manos extendidas. Desde Por eso te pedimos que santifiques, hasta Te pedimos humildemente, lo dicen a una todos los concelebrantes de este modo:.

a Por eso te pedimos que santifiques, con las manos extendidas hacia las ofrendas; b El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión y Del mismo modo, con las manos juntas; c las palabras del Señor, si el gesto parece conveniente, con la mano derecha extendida hacia el pan y hacia el cáliz; miran la hostia y el cáliz cuando el celebrante principal los muestra a los fieles y luego se inclinan profundamente; d Así, pues, Padre, al celebrar ahora, y Te pedimos humildemente, con las manos extendidas.

Las intercesiones por los vivos: Acuérdate, Señor, y por los difuntos: Acuérdate también de nuestros hermanos, conviene que se confíen a uno u otro de los concelebrantes quien las pronuncia él solo, con las manos extendidas y en voz alta.

En la Plegaria eucarística III, Santo eres en verdad lo dice sólo el celebrante principal con las manos extendidas. Desde Por eso, Padre, te suplicamos, hasta Dirige tu mirada, lo dicen a una todos los concelebrantes de este modo:.

a Por eso, Padre, te suplicamos, con las manos extendidas hacia las ofrendas; b Porque él mismo, la noche en que iba a ser entregado y Del mismo modo, con las manos juntas; c las palabras del Señor, si el gesto parece conveniente, con la mano derecha extendida hacia el pan y hacia el cáliz; miran la hostia y el cáliz cuando el celebrante principal los muestra a los fieles y luego se inclinan profundamente; d Así, pues, Padre y Dirige tu mirada, con las manos extendidas.

Las intercesiones: Que él nos transforme, Te pedimos, Padre, que esta Víctima, A nuestros hermanos difuntos conviene que se confíen a uno u otro de los concelebrantes, quien las pronuncia él solo con las manos extendidas y en voz alta.

En la Plegaria eucarística IV, desde Te alabamos, Padre santo, hasta llevando a plenitud su obra en el mundo, lo dice solamente el celebrante principal con las manos extendidas.

Desde Por eso, Padre, te rogamos, hasta Dirige tu mirada lo dicen a una todos los concelebrantes del modo siguiente:. a Por eso, Padre, te rogamos, con las manos extendidas hacia las ofrendas; b Porque él mismo, llegada la hora y Del mismo modo, con las manos juntas; c las palabras del Señor, si el gesto parece conveniente, con la mano derecha extendida hacia el pan y hacia el cáliz; miran la hostia y el cáliz cuando el celebrante principal los muestra a los fieles y luego se inclinan profundamente; d Por eso, Padre, al celebrar y Dirige tu mirada, con las manos extendidas.

Las intercesiones: Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos y Padre de bondad conviene que se confíen a uno u otro de los concelebrantes, quien las pronuncia él solo con las manos extendidas y en voz alta. Por lo que se refiere a otras Plegarias eucarísticas aprobadas por la Sede Apostólica, han de observarse las normas establecidas para cada una de ellas.

La doxología final de la Plegaria eucarística la pronuncia solamente el celebrante principal y, si parece bien, juntamente con los demás concelebrantes, pero no los fieles.

Luego el celebrante principal, con las manos juntas, pronuncia la monición que precede al Padrenuestro, y en seguida, con las manos extendidas y a una con los demás concelebrantes, que también extienden las manos, y con el pueblo, dice la misma Oración dominical.

Líbranos de todos los males, Señor, lo dice sólo el celebrante principal, con las manos extendidas. Todos los concelebrantes, a una con el pueblo, pronuncian la aclamación final: Tuyo es el Reino.

Después de la monición del diácono o, en su ausencia, de uno de los concelebrantes: Dense fraternalmente la paz, todos se dan la paz. Los que quedan más cerca del celebrante principal la reciben de él antes que el diácono. Mientras se dice el Cordero de Dios, los diáconos o algunos concelebrantes pueden ayudar al celebrante principal a partir las hostias, sea para la Comunión de los mismos concelebrantes, sea para la del pueblo.

Después de la inmixtión, sólo el celebrante principal dice en secreto, con las manos juntas, la oración Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, o bien Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo. Terminada la oración antes de la Comunión, el celebrante principal hace genuflexión y se retira un poco.

Los concelebrantes, uno tras otro, se van acercando al centro del altar, hacen genuflexión y toman del altar, con reverencia, el Cuerpo de Cristo; teniéndolo luego en la mano derecha y poniendo la izquierda bajo ella, se retiran a sus lugares. Pueden también permanecer los concelebrantes en su sitio y tomar el Cuerpo de Cristo de la patena que el celebrante principal, o uno o varios de los concelebrantes, sostienen, pasando ante ellos o pasándose sucesivamente la patena hasta llegar al último.

Luego, el celebrante principal toma la hostia consagrada en la misma Misa y, teniéndola un poco elevada sobre la patena, o sobre el cáliz, vuelto al pueblo dice: Éste es el Cordero de Dios, y prosigue con los concelebrantes y el pueblo, diciendo: Señor, no soy digno.

A continuación, el celebrante principal, vuelto al altar, dice en secreto: El Cuerpo de Cristo me guarde para la vida eterna, y toma reverentemente el Cuerpo de Cristo. De modo análogo proceden los demás concelebrantes comulgando ellos mismos. Después de ellos, el diácono recibe del celebrante principal el Cuerpo y la Sangre del Señor.

La Sangre del Señor se puede tomar bebiendo directamente del cáliz, o bien por intinción o con una caña o una cucharilla. Si la Comunión se recibe bebiendo directamente del cáliz, se puede emplear uno de estos modos:.

a El celebrante principal, estando en el centro del altar, toma el cáliz y dice en secreto: La Sangre de Cristo me guarde para la vida eterna, y bebe un poco de la Sangre del Señor; en seguida pasa el cáliz al diácono o a uno de los concelebrantes. Después distribuye la Comunión a los fieles cfr.

Los concelebrantes, uno tras otro, o de dos en dos, si se usan dos cálices, se acercan al altar, hacen genuflexión, beben la Sangre del Señor, secan la orilla del cáliz y vuelven a sus asientos. b El celebrante principal bebe la Sangre del Señor estando de pie, según costumbre, en el centro del altar.

Pero los concelebrantes pueden beber la Sangre del Señor o bien permaneciendo en sus lugares y bebiendo del cáliz que el diácono o uno de los concelebrantes les irá pasando, o también pasándose uno a otro el cáliz. El cáliz lo purifica o el último que bebe o el que lo está pasando a los demás.

Uno a uno, según van comulgando, vuelven a sus asientos. El diácono consume con reverencia, en el altar, toda la Sangre de Cristo que ha quedado, si es necesario ayudado por algunos concelebrantes, y traslada el cáliz a la credencia y ahí él mismo o un acólito legítimamente instituido lo purifica, lo seca y lo cubre como de costumbre cfr.

La Comunión de los concelebrantes también puede ordenarse de esta manera: de uno en uno, toman en el altar el Cuerpo del Señor e inmediatamente después su Sangre. En este caso, el celebrante principal toma primero la Comunión bajo las dos especies del modo acostumbrado cfr.

Terminada la Comunión del celebrante principal, el cáliz se deja sobre otro corporal a un lado del altar. Los concelebrantes van pasando uno tras otro al centro del altar, hacen genuflexión y comulgan del Cuerpo del Señor; pasan después al lado del altar y beben la Sangre del Señor, según el rito escogido para esta Comunión, como hemos dicho arriba.

La Comunión del diácono y la purificación del cáliz se efectúan en la forma anteriormente indicada. Si la Comunión de los concelebrantes se hace por intinción, el celebrante principal toma, de la manera acostumbrada, el Cuerpo y la Sangre del Señor, teniendo cuidado de que quede en el cáliz suficiente cantidad de Sangre del Señor, para la Comunión de los concelebrantes.

Después el diácono, o uno de los concelebrantes, coloca el cáliz en el centro del altar o a un lado, sobre otro corporal, juntamente con la patena que contiene los fragmentos de hostias.

Los concelebrantes, uno tras otro, se acercan al altar, hacen genuflexión, toman un fragmento, lo mojan parcialmente en el cáliz y, poniendo debajo de la boca un purificador, lo consumen.

Después se retiran a sus lugares, como al comienzo de la Misa.

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By Nern

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